Accidente de Los Alfaques
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El Mundo

11/08/1996 ESPAÑA: EL CÁMPING «LOS ALFAQUES» DIECIOCHO AÑOS DESPUÉS: LA EXPLOSIÓN DE UN CAMIÓN MATÓ A 215 PERSONAS.

ILDEFONSO OLMEDO

Es jueves. Dieciocho años después. Carmen está de espaldas. En la televisión aparecen imágenes que ella no ve. Tiene los oídos abiertos; los ojos, cerrados. «No he tenido el valor de mirar. Puse la televisión y he estado oyendo, de espaldas, sin poder mirar». El dolor mezcla los elementos: ahora, en Biescas (Huesca), ha sido el agua. A Carmen le asaltan viejas imágenes de fuego. «El destino escoge, siega vidas o deja vivir... es inexplicable».
Mari Carmen Masiá es la dueña del cámping tarraconense Los Alfaques, en San Carlos de la Rápita, destruido el 11 de julio de 1978 por la explosión de un camión cisterna cargado con un exceso de 400 kilogramos de gas propileno. Al final, 215 muertos.
«Yo estaba sirviendo cafés en la barra del bar del cámping. Entonces ocurrió. Fue algo que no sabía de dónde venía, si del cielo, si del mar, si del fondo de la tierra... Lo primero que oí fue un enorme ruido, después un resplandor extraño, y enseguida el fuego».
En pocos segundos, más de cien personas perecieron calcinadas por una enorme bola incandescente de más de mil grados centígrados de temperatura. El camión, conducido por Francisco Ibernón, desapareció dejando un cráter de veinte metros de diámetro y dos de profundidad. Fue el paseo más cruel que la muerte jamás se ha dado por una zona turística española en pleno verano. En trescientos metros a la redonda sólo quedó ceniza y destrucción; los supervivientes (cerca de un millar de personas se encontraba en el lugar de la tragedia) tardaron días, incluso semanas, en comprender lo ocurrido aquella tarde en la que el infierno visitó la Costa Dorada.
«Vi que algunas personas empujaban coches, porque habían comenzado a estallar... No, de mis hijos no me acordé». Mario tenía entonces 9 años, la pequeña, María del Mar, 3. Hoy, los dos siguen cumpliendo años. «Los niños tienen otra capacidad para reponerse a los reveses... Dios, o el destino, quiso que no perdiéramos a ningún familiar, aunque muchos clientes del cámping eran para nosotros más que buenos amigos. Nosotros sobrevivimos y estábamos mezclados entre ellos, en medio de aquel dolor tan inmenso».
«Ver a la gente herida fue horrible. Les hablábamos, les dábamos agua y a otros sólo la mano porque no se les podía dar nada más». Se sucedieron noches y amaneceres. «De pronto pregunté qué día era y me dijeron que el 1 de agosto».
Los ojos de Carmen, los mismos que ahora se cierran cuando la televisión muestra las víctimas en otro cámping, lo vieron todo. «Claro que no se olvida. ¡Son choques tan bestiales! Aprendes a vivir con las pesadillas, pero hay que intentar sonreír. Aquella inmensa tragedia me cambió la vida; la desgracia me ha dado una especial generosidad humana. Aprendí que tenemos que buscar las cosas hermosas que nos rodean: los hijos, el mar, salir a pescar... No te puedes sentar en el sofá y pararte a pensar. De nada sirve escarbar cada vez más hondo. Los porqués no existen. El mío, si acaso, sería ese estúpido progreso sin control».
Los tribunales, no obstante, sentenciaron en 1982 que fueron las deficientes condiciones de carga y transporte del gas las que desencadenaron la tragedia. Dos responsables de la factoría Enpetrol, en la que fue cargado el propileno, fueron condenados por imprudencia temeraria a un año de cárcel. Las indemnizaciones ascendieron a 2.200 millones.
«El cámping es mi vida. Fue mi infancia y mi juventud, la tierra de mis padres, que lograron ponerlo en pie hace 40 años a base de esfuerzo personal». Reconstruir las instalaciones turísticas fue para Carmen algo más que retomar el negocio. «Tardamos seis meses. Fue una auténtica terapia personal. Tenía necesidad vital de recuperar el paisaje anterior, de volver a ver las cosas tal y como estaban antes».
Hay un antes y un después. Primero es el vacío, la negación, el caos. Un día insospechado aparece la luz, miras el calendario, levantas la cara y ya quieres andar.
«Yo no soy nadie para hablarles ahora a ellos - familiares y víctimas del cámping oscense Las Nieves-. Todo les puede parecer estupidez, palabras vanas. La profunda tristeza que yo he sentido al conocer la noticia, incluso mis lamentos, son nada. ¡Si pudiera darles un poco de esperanza y transmitirles que un día cualquiera aparecerá la luz, que adelante con la vida!».
El pasado miércoles, cuando la negritud cayó como una ola sobre el cámping de Biescas, Carmen Masiá estaba en Los Alfaques. También en Tarragona había tormenta. «Como me dan miedo, me fui pronto a la cama. Me enteré de todo a la mañana siguiente». «Qué mal día estarás pasando, ¿verdad, Mari Carmen?», le preguntaron. Tanto, que tuvo que dejar de trabajar e irse a casa, sacar fuerzas para probar bocado: «¡Es tan duro que la muerte llegue con esa crudeza! Estar rodeado de gente que acaba de perder a sus hijos, a sus maridos, a sus esposas, a sus amigos...».
Ella nunca fue al psicólogo. Su mejor terapia, confiesa a tantos años vista, ha sido recibir el apoyo de la gente que sigue pasando sus vacaciones en Los Alfaques. Nada le reconforta tanto como recibir a supervivientes de aquel 11 de julio, porque muchas familias se sobrepusieron al dolor y cada verano regresan, fieles, al cámping. «Su sonrisa, su afecto, es lo mejor que me puede pasar en la vida».
Oyendo el televisor, no queriendo leer periódicos, no mirando, Carmen, a sus 55 años, se sabe superviviente. Hay días, como el jueves, en que las piernas le flaquean y se apaga el apetito. El jueves pasado podría, como aquel verano del 78 en Tarragona, haber sido «un estupendo día de cámping. Brillaba un sol espléndido, la luz era preciosa e incluso el Levante estaba en calma...». En aquella jornada también todo devino en muerte y dolor. A Carmen se le secaron las lágrimas: «No he vuelto a llorar nunca».

(c) Diario El Mundo, 1996.